lunes, 20 de octubre de 2008

Sobredosis de delirio



Pobre manada de humanos frágiles e imperfectos que viajan por una misma dirección, atravesando la senda de los tiempos modernos en busca de una zanahoria suministrada por el sistema. Contrariamente, miles y miles de mariposas blancas aletean en la copa de los árboles, sacando lustre a una supuesta felicidad que imagino. Tan efímeramente comparable y semejante a nuestra especie. Y lo insoportablemente denso que es recrear la imagen del león devorado y destrozado en mil pedazos por ese maldito cocodrilo, mientras el cuadro de esa mujer fantasmagórica que no para de zumbar en mi oído, como quejandose por estar eternamente sentada en la misma posición. Seguramente el orzuelo punzante me va arruinando la capacidad de imagen, llegando hasta lo más profundo de mis ideas, como un anzuelo oxidado que tira hacia fuera desgarrando la carne. Y la incoherencia de este estado me conduce a sentir exactamente lo mismo que hicieron esos terroristas con mi espalda, colocando un maldito misil dirigido directamente al espacio, mientras me pegaba un viaje eterno sin caída alguna. Penetrando por mis venas ese óleo espeso y multicolor que me dispara en la conciencia un mundo pictórico, el cual incansablemente busco teñir de blanco y negro para no quedar ciego con tanta maldita belleza absurda, tan pura, tan asquerosamente pura. Mientras me arrodillo en ese roñoso baño, sosteniendome firme y duro, veo el conducto y la salida que me lleva al maldito infierno, sintiendo cómo mi cuerpo se va tan fríamente al vacío con una fiebre colmada que provoca escalofríos y una absoluta soledad, tan miserable, tan insignificante como una hormiga en la cornisa.